domingo, 14 de noviembre de 2010

Villaluenga del Rosario, en la Serranía de Cádiz.




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Villaluenga del Rosario, en la Serranía de Cádiz.

Sus paisajes, sus gentes.



(Con la poesía de Pedro Pérez-Clotet)

Ni luna en su cristal de alada nieve,
ni viva estrella ya de arduos temblores.
La gravidez oscura del silencio
talla en granito el vuelo de la noche.


Tiene menos de quinientos habitantes y es el municipio más alto de la serranía gaditana; su nombre es Villaluenga del Rosario. Los árabes llegaron a ella y se quedaron hasta 1485, año en que fue tomada por Rodrigo Ponce de León. Después se recuperó y conoció años de paz y prosperidad, tanto, que se sintió generosa ayudando económicamente a Ronda en las obras de construcción de su puente sobre el Tajo. Dicen que en el Ayuntamiento se conserva el arca de madera donde estuvieron guardadas las onzas de oro que se prestaron, pero éste es un detalle que puede tener acentos de leyenda. A este bienestar puso fin la entrada de las tropas de Napoleón en el siglo diecinueve, y es entoces -quizás acuciados por la necesidad- cuando surgen bandoleros y contrabandistas como Pasos Largos y el Tempranillo, asaltadores de caminos, que ponían en peligro la vida de cualquier osado que se atreviera a viajar. El lugar fue refugio de ellos. Pero todo esto es ya hoy historia escrita con algo de romanticismo.


En el camino que me trae a Villaluenga es el paisaje -que no es menos romántico- lo que distrae mi atención. El pueblo ha sabido conservar su estética, el clásico perfíl de los pueblos blancos de esta serranía, de calles estrechas y empinadas, casas encaladas que reverberan la luz de este octubre que se niega a ser otoño.


Vuela un rumor lejano por el aire,
que se cuajan en su voz; y ese latido
de las aguas que, en rocas despeñadas,
mojan de heridas hondas los caminos.


Casas blancas, calles limpias, fachadas, ventanas, puertas, tienen el sabor de la tradición y del tiempo. Hay una iglesia, la de San Miguel, del siglo XVI, arrimada a la sombra de los árboles de la alameda; otra iglesia, la del Salvador, quemada por los franceses y que ahora guarda entre el resto de los muros el cementerio. Una avenida, la de los Arbolitos, y un camino empedrado de penitencia de casi quinientos metros, nos suben hacia la ermita del Calvario. Abajo, el pueblo entre la montaña rocosa y el valle; sobre la roca una plaza de toros que no es completamente redonda, pero sí la más antigua de la provincia de Cádiz.


Bosques de exactas cimas, horizontes
de encina y jara ardiente, prolongan
en su incierto temblor de tronco y piedra,
la solidez vibrante de las sombras.

Eso es para el espíritu y los sentimientos; para la degustación, los quesos payoyos que son considerados entre los mejores del mundo. Su secreto está en la hierba. El microclima especial de esta sierra gaditana hace que se den pastizales fértiles y húmedos que es la alimentación natural de la cabra payoya -y la oveja merina- que está adaptada a las condiciones ambientales de esta zona. Es capaz de trepar por cualquier pendiente y sólo vive en las serranías de Cádiz y Ronda. Desgraciadamente es una imagen que está en peligro de extinción y de la que deberíamos sentirnos culpables.

Sola la noche. El aire profundiza
la placidez errante de las nieblas.
Los firmes pinos ciñen -verde sombra-
la soledad sin fin de las estrellas.


Villaluenga conserva su identidad. Emerge de las rocas hasta una altura de unos mil metros sobre el nivel del mar. Fue capital del señorío de los siete pueblos de la serranía que se encaraman por cumbres y laderas, pero no ha perdido su carácter tranquilo y hospitalario que nos la hace cercana y familiar. Su clima es seco; nieva en invierno y el índice de lluvia es el mayor del país. Es consciente de su entorno, del impresionante paisaje que la rodea, de una naturaleza que se presta al senderismo entre alcornoques, encinas y diversa vegetación y fauna. Toda una suma de cualidades que la ha hecho ser deseable e inspiradora a artistas y poetas.

Pedro Pérez-Clotet, poeta de la Generación del 27, fue uno de ellos. Hijo de la tierra, tuvo su cuna a los pies de la sierra de Grazalema. Influenciado por la belleza de una naturaleza pura y pausada, refleja en su poesía toda la ternura que le inspira esas imágenes:


Todo el paisaje aquí,

en este ardiente acento
de árida plenitud
que palpan los sentidos.

Pienso que todos los que nos acercamos a Villaluenga, cargados de la vorágine y el estrés de las ciudades nuevas, nos sentimos sorprendidos por el pausado latir del entorno que con suave complicidad apacienta las prisas y despierta nuestros sentidos, tal como expresan los versos del poeta.

3 comentarios:

Annick dijo...

Cadiz y sus pueblos del interior son desconocidos y saben a leyendas.
Este lugar que nos muestra es prueba de ello.

Besos desde Málaga.

Nómada planetario dijo...

La serranía guarda rincones llenos de encanto, también anduve por allí en bici hace algunos años. Una marcha que partía de Ronda y recorría varios pueblos de aquellos.
Tengo que volver un día de estos.
Un abrazo desde una tarde un tanto ventosa.

Rafael Vargas Villalón dijo...

Curiosa relación Holanda-Serranía de Cádiz.
Curiosamente, en mi blog Setenil Rural hay unas cuantas referencias a setenileños en Holanda y holandeses en Setenil.

Un saludo