miércoles, 4 de diciembre de 2013

San Nicolás, obispo de Myra


Un texto para recordar ...

 

5 de diciembre: fiesta de Sinterklaas en Holanda

 

Los Reyes Magos no llegan hasta Holanda, la distancia es demasiado larga para tres reumáticos camellos, pero los niños holandeses no se pueden quejar porque también tienen quién les lleva los regalos: un ancianito de largas barbas blancas, con un montón de siglos echados a las espaldas, hace felíz a los que se portan bien.

 

Se conoce poco de los primeros años de vida de este santo varón que nació allá por el siglo III al que le pusieron de nombre Nicolás, y que llegó a ser obispo de Myra, lugar situado en lo que hoy es Turquía. Según ciertas crónicas su vida está marcada por una serie de milagros. Se cuenta que en su edad adulta fue en peregrinaje a Jerusalén. Durante la travesia un fuerte viento arrastró uno de los mástiles del barco, golpeando a un marinero que resultó muerto. Cuando el tiempo quedó en calma y los tripulantes más tranquilos, vieron como después de una oración del santo el marinero volvía a recobrar la vida. Pero la fama de su nombre llegó después de su muerte, un 6 de diciembre del año 342. Desde Myra y Constantinopla se extendió su devoción por toda la Iglesia griega y rusa. De ahí pasó en el siglo IX a Italia y en el X a Alemania, Inglaterra y Francia. Como consecuencia de la invasión turca de Asia Menor, sus restos fueron llevados a Bari en el sur de Italia, donde parece que descansan ahora.

 

Lo curioso es que en esa fecha -6 de diciembre- no es la muerte sino el cumpleaños del santo lo que se recuerda. El día anterior, 5 por la mañana, hace su entrada oficial en la ciudad, acompañado de afanosos ayudantes negros –Zwarte Pieten- que son los que hacen las compras en los grandes almacenes. El viaje lo hace en barco de vapor desde Madrid, donde según la tradición vive. La leyenda echa una mano para explicar que esto no es un capricho, descubriendo que los holandeses se equivocaron y no es Italia sino España el lugar que escogieron para dejar reposar sus restos. De ahí también el color de sus ayudantes: era el tiempo de una España árabe y eran servidores moros los que acompañaban siempre a San Nicolás.  Pero otro rumor popular -y por el que me decanto- dice que el motivo del color es que andan a menudo entre chimeneas y después ya no tienen tiempo de lavarse ... ¡quién puede estar seguro de saber la verdad!

 

Cuando ese día llega la embarcación, adornada de banderitas holandesas y españolas a la ciudad, es recibida por el alcalde que será quien le entregue al santo las cartas que escribieron los niños. San Nicolás va vestido con túnica blanca y manto rojo, lleva en la cabeza una mitra del mismo color con cruz dorada, símbolo de la autoridad eclesiástica, y en las manos un báculo dorado y un libro con los nombres de los niños que se han portado bien. ¡Ah, y para prevenir confusión con otros que se quieren hacer pasar por el santo, el verdadero lleva una fina estola roja también al cuello! Los niños ataviados con gorritos de papel y agitando banderitas, cantan a todo pulmón –seguramente para entrar en calor- canciones dedicadas al santo. Después San Nicolás dará un paseo por la ciudad en un caballo blanco que tiene  por nombre Américo. Pueden imaginarse los lectores que, debido a la alta edad de este venerable señor y lo resbaloso de las calles heladas, se toman las debidas precauciones para evitar caídas.

 

Los niños no tienen que esperar hasta el día siguiente. Esa misma noche después de cenar, les llevará San Nicolás los regalos. El santo se subirá al tejado con caballo y todo para echarlos por la chimenea -cosa peligrosa en esta época fría del año- aunque la mayoría de las veces, seguramente por miedo a un resbalón, es en la puerta de la casa donde tras dar un fuerte golpe deja un saco lleno de presentes. Los regalos van envueltos en papel con el nombre del destinatario, acompañados de un poema que deberá ser rimado, en el que se comentará cualquier cosa que se relacione con el que lo recibe. Los que se han portado bien no tienen nada que temer, en caso contrario existe el saco y una varilla con la amenaza de azotes. Pero es el saco -de yute- lo más terrible que le puede pasar a un niño que se ha portado mal: San Nicolás se lo llevará dentro de él a su regreso a España. Imagino que para un niño la amenaza de ir a es país tiene que estar unida a terribles imágenes. Y así termina esta visita anual:  abriendo paquetes, leyendo, cantando y comiendo las golosinas típicas de la fecha, mientras San Nicolás regresa a España cansado ya de andar toda la noche por los tejados.

 

Para conocer el origen de esta fiesta hay que indagar mucho más allá de las raíces del santo. En la antigüedad germana se celebraba el comienzo del invierno en honor del dios Wodan, exigente en sus ofrendas. Estas ceremonias tenían carácter festivo y muchas veces llegaban a ser verdaderas orgías. Al aparecer los cristianos en Holanda se opusieron a esta manera de festejar tan pagana y se quitaron a Wodam de en medio dándole a la fiesta un tinte más religioso, hasta que los protestantes reformaron todo lo que tuviera sabor papal y San Nicolás tuvo que desaparecer. No quedó de él ni las imágenes en las iglesias. Sin embargo siguió la tradición en el interior de los hogares hasta que en el siglo XIX salió de nuevo a las calles. Ahora la fiesta de Sinterklaas no tiene nada de aquella religiosidad, y la orgía se ha hecho material hasta alcanzar su punto más alto el 5 de diciembre. Nicolás es un santo que sabe manipular muy bien la avaricía en los niños de una manera en extremo tentadora con toda clase de anuncios de regalos. Quizás es esta su manera de luchar contra Papá Noel, otro anciano que tampoco se siente impedido por la edad y que compite con él en una lucha que cada año se repite. Sin embargo la fiesta del 5 de diciembre forma parte de la cultura del país, símbolo de la identidad que llevan con ellos cada uno de los holandeses.

1 comentario:

Claudio Rizo Aldeguer dijo...

Gracias por el texto, amiga Pilar, me ha parecido interesantísimo y muy, muy bien contado. Se te lee con sumo placer. Besos. Claudio Rizo.