Recibo al otoño cuando hace emigrar las
últimas horas del verano,
días de siesta no recuperables.
Otoño de hojas caídas y girasoles que ya no
obedecen,
de noches calladas, sin ruidos.
El otoño, granero de invierno,
me alcanzó en el sur con lluvias mal
repartidas y exageradas.
Aguas que quiebran sueños y siembran
desastres.
Este otoño jóven de hoy,
oloroso de lluvias,
está herido de otras tormentas, de voces,
de presagios,
ecos de riesgo y discordia.
Está triste el otoño.
Otoño de luces tíbias, como adormecidas,
de marrones y ocres que visten sus campos de
elegante nostalgia.
Me acerco al otoño
a los senderos casi perdidos, sin diálogo,
ante la mirada impávida del tiempo
y la realidad agostada en el olvido.
Irrumpen límites y humos
sombras que imponen mordazas,
caminos fragmentados,
precipicios y recodos donde la palabra se
oculta.
Sueños incoherentes.
Después ... ¡nada! ...





















