jueves, 20 de enero de 2011

El mar



Poema de Victoria Atencia

Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:
comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
Rozaría una jábega con descolgar los brazos
y su red tendería del palo de mesana
de este lecho flotánte entre ataúd y tina.
Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.
Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho
pone olor a Guinea en la ropa mojada,
pone sal en un cesto de flores y racimos
de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
pone henchido el insomio y en un larguero entonces
me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

El agua que llega


foto: Rafael Goedhart


lunes, 10 de enero de 2011

El agua mansa



Se espera que el miércoles todo esté bajo el agua.


lunes, 27 de diciembre de 2010

No me duele decirte adios

2010

No me duele decirte adiós para compensar futuros que perdieron la palabra. No me cuesta desprenderme de ti y de esos momentos en que me abandonó la fe deshojando lo voluble de tu carácter. Sólo unos pasos más y un almanaque vencido harán que seas igual a una historia repetida, con un sabor amargo y hasta cruel en la imagen que han dejado tus pasos en el tiempo. La realidad es aún más: un exceso a cercenadas madrugadas, miradas sin luz, y un sinfín de violencias y odios en el hombre que no quiere aceptar la agonía de una tierra en tránsito, y sigue velando lunas caprichosas. El resto se esfuerza en descomponer azules en sombras y delirios.



Se te va la vida, y no lo voy a sentir mientras sigamos en este simulacro del Edén: un jardín de abrojos donde te volveré a ver con otro nombre y los mísmos días.

lunes, 13 de diciembre de 2010


Desnúdate del blanco,
recupera tus perdidas sombras
en la línea desteñida del infinito;
silencia los presagios, falsos colores,
disuelve la incognita de tu imagen
más allá de los dormidos inviernos.
Y será sólo el destino
quien deje huellas errantes
en el aire transparente del ocaso.


 

lunes, 6 de diciembre de 2010

Carta a mi tierra

(25 enero 2006)

Algo se rompe en mí, y me axfisia esta obligada quietud que desmorona mi paciencia. ¡Cuánto hace que no nos vemos! Se me hace extraño el tiempo que paso lejos. Con la entrada del frío y la permanente estancia de los grises han llegado imágenes cálidas de tu recuerdo, y el deseo inconfundible y denso de volver a verte. ¡Te echo tanto de menos! Me falta mucho cuando no tengo el abrazo estrecho y rendido de tus vientos y tu color. Los azules aquí sólo los encuentro en los ojos de la gente; y la lluvia, que siento siempre perenne y cerca, estimula esa desazón que da la ausencia.

Pero no todo es carencia e inquietudes. El sentimiento de pérdida se reconforta cuando hablo de ti a quienes viven conmigo la realidad de los días. Me gusta contar como eres, descubrir tus contornos, dar a conocer los colores que te haces vestir. Quiero que sepan de tus horizontes y límites cercanos, de tus sabores, y ese carácter alegre y de buena templanza que muchos ya conocen. Hablo de ti y ellos me comprenden: mi vida se inspira en el Sur, ahí donde se entrelazan nuestras raíces. Así he llegado a ser equilibrista en la cuerda que ata mis dos latitudes, aprendíendo a enmudecer la nostalgia, a confiar en lo ausente, y a silenciar alegóricos olvidos y ciertos comportamientos de esta vida acelerada y distante.

Hoy me he levantado con ganas de cerrar los paraguas y buscar la Primavera, la claridad y el aroma de mi infancia, y el revuelo de palomas en la plaza de nuestros juegos; hoy, cuando todavía el invierno está a medio hacer y el frío no ha cambiado su gesto, he sentido la necesidad de salir al encuentro de todas estas imágenes que me llaman. Mientras, te escribo apilando en las letras todo el desorden de mis deseos.

jueves, 2 de diciembre de 2010

En el umbral del invierno


En el umbral del invierno el frio coquetea perezoso
seduciendo su virginal tersura,
Fiel a sus azules
esperará la fugacidad del tiempo:
el blanco perderá en el barro su gélida sonrisa
cuando el sol, de nuevo, entregue sus encendidos recuerdos
a la tierra.

Un día especial (parecido al de otros años)


Hoy ha sido un día especial: ha aparecido el color blanco, los árboles saben a azúcar y el agua se ha hecho transitable para aves y niños que todavía creen. Hay silencio protector entre las hojas cargadas de frío y cuando ando, mis huellas dejan sonrisas que la luz hace desaparecer. Hoy ha sido un día de cuentos y trineos, de chimeneas alegres, de chocolate caliente, de nieve tímida sin acabar de caer. Hoy ha sido un día que ha trastornado las imágenes y ha dejado eco en mis azules eternos, ahora frágiles sombras que esperan sobrevivir.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Mis gaviotas




No todas las gaviotas traen sabor a mar
cuando me acercan imágenes prestadas del azul.
Sus alas toman el blanco del amanecer,
grisáceo tinte que viste auroras de desánimos.
Depresivas merodean un espacio desinteresado de color,
irritando nubes y asustadas mariposas.


No son éstas las gaviotas que esperaba ver aquí,
aquellas que hicieron su hogar en La Farola,
las que llevaban aroma tibio de sal,
del espeto y las moragas en las noches de verano.
Estas no saben reír
ni sobrevolar el tiempo adormecido,
sólo conocen el olor del arenque y la humedad,
arco iris y el silencio del agua absorta y sin palabras.

martes, 23 de noviembre de 2010

El vino dulce siempre ...

Foto:wikipedia


Copas Mari-Luz con merengue

Receta de mi madre Mari-Luz Wallace Pittaluga

Ingredientes:

Galletas Maria
Vino dulce, con preferencia de Málaga
Plátano, melocotón, pera y guindas
Unas natillas claritas*
Unas claras de huevo para el merengue
La cantidad a emplear dependerá del número de invitados.

Necesitarás una copa de fondo ancho para cada comensal.

Preparación:

Troceas la fruta, a excepción de las guindas.
En el fondo de cada copa se pone una galleta empapada en el vino dulce.
A continuación repartes la fruta troceada menos la guinda. Se hacen unas natillas de vainilla y se añade a las copas hasta que cubra la fruta.
Bates las claras y cuando estén montadas se endulzan.
Adorna con el merengue las copas.
Por último dale el toque de color adornándolas con la guinda.

Déjalas en el frigorífico hasta el momento de servir.

*Recomiendo unas natillas caseras.

viernes, 19 de noviembre de 2010

De nostalgias


La nostálgia intenta siempre acompañar los regresos, y hasta la ciudad se envolvió en llanto el día que tuve que decir adiós. Como muestra de solaridad también aquí al llegar me recibió la lluvia persistente y fría, pero ésta ya me es familiar desde hace tiempo. Ella, cómo nó, se portó como una perfecta anfitriona a pesar de sufrir heridas desordenadas. ¡Pobres calles que muestran fastidiadas sus interiores expuestos a la mirada de todos! No por eso me ofreció menos de lo que yo esperaba. Sólo lo rápido de los días siguió tenaz su recorrido hasta llegar al de ayer. ¡La vida, que sigue con prisas y sin detenerse! ¡qué corto se hace el tiempo cuando queremos que no acelere, cuando queremos obligarle a andar a nuestro aire!



Después empezó de nuevo a contar la rutina ....

domingo, 14 de noviembre de 2010

Villaluenga del Rosario, en la Serranía de Cádiz.




http://alenarterevista.net/villaluenga-del-rosario-en-la-serrania-de-cadiz-sus-paisajes-sus-gentes-por-pilar-moreno/#more-1604


Villaluenga del Rosario, en la Serranía de Cádiz.

Sus paisajes, sus gentes.



(Con la poesía de Pedro Pérez-Clotet)

Ni luna en su cristal de alada nieve,
ni viva estrella ya de arduos temblores.
La gravidez oscura del silencio
talla en granito el vuelo de la noche.


Tiene menos de quinientos habitantes y es el municipio más alto de la serranía gaditana; su nombre es Villaluenga del Rosario. Los árabes llegaron a ella y se quedaron hasta 1485, año en que fue tomada por Rodrigo Ponce de León. Después se recuperó y conoció años de paz y prosperidad, tanto, que se sintió generosa ayudando económicamente a Ronda en las obras de construcción de su puente sobre el Tajo. Dicen que en el Ayuntamiento se conserva el arca de madera donde estuvieron guardadas las onzas de oro que se prestaron, pero éste es un detalle que puede tener acentos de leyenda. A este bienestar puso fin la entrada de las tropas de Napoleón en el siglo diecinueve, y es entoces -quizás acuciados por la necesidad- cuando surgen bandoleros y contrabandistas como Pasos Largos y el Tempranillo, asaltadores de caminos, que ponían en peligro la vida de cualquier osado que se atreviera a viajar. El lugar fue refugio de ellos. Pero todo esto es ya hoy historia escrita con algo de romanticismo.


En el camino que me trae a Villaluenga es el paisaje -que no es menos romántico- lo que distrae mi atención. El pueblo ha sabido conservar su estética, el clásico perfíl de los pueblos blancos de esta serranía, de calles estrechas y empinadas, casas encaladas que reverberan la luz de este octubre que se niega a ser otoño.


Vuela un rumor lejano por el aire,
que se cuajan en su voz; y ese latido
de las aguas que, en rocas despeñadas,
mojan de heridas hondas los caminos.


Casas blancas, calles limpias, fachadas, ventanas, puertas, tienen el sabor de la tradición y del tiempo. Hay una iglesia, la de San Miguel, del siglo XVI, arrimada a la sombra de los árboles de la alameda; otra iglesia, la del Salvador, quemada por los franceses y que ahora guarda entre el resto de los muros el cementerio. Una avenida, la de los Arbolitos, y un camino empedrado de penitencia de casi quinientos metros, nos suben hacia la ermita del Calvario. Abajo, el pueblo entre la montaña rocosa y el valle; sobre la roca una plaza de toros que no es completamente redonda, pero sí la más antigua de la provincia de Cádiz.


Bosques de exactas cimas, horizontes
de encina y jara ardiente, prolongan
en su incierto temblor de tronco y piedra,
la solidez vibrante de las sombras.

Eso es para el espíritu y los sentimientos; para la degustación, los quesos payoyos que son considerados entre los mejores del mundo. Su secreto está en la hierba. El microclima especial de esta sierra gaditana hace que se den pastizales fértiles y húmedos que es la alimentación natural de la cabra payoya -y la oveja merina- que está adaptada a las condiciones ambientales de esta zona. Es capaz de trepar por cualquier pendiente y sólo vive en las serranías de Cádiz y Ronda. Desgraciadamente es una imagen que está en peligro de extinción y de la que deberíamos sentirnos culpables.

Sola la noche. El aire profundiza
la placidez errante de las nieblas.
Los firmes pinos ciñen -verde sombra-
la soledad sin fin de las estrellas.


Villaluenga conserva su identidad. Emerge de las rocas hasta una altura de unos mil metros sobre el nivel del mar. Fue capital del señorío de los siete pueblos de la serranía que se encaraman por cumbres y laderas, pero no ha perdido su carácter tranquilo y hospitalario que nos la hace cercana y familiar. Su clima es seco; nieva en invierno y el índice de lluvia es el mayor del país. Es consciente de su entorno, del impresionante paisaje que la rodea, de una naturaleza que se presta al senderismo entre alcornoques, encinas y diversa vegetación y fauna. Toda una suma de cualidades que la ha hecho ser deseable e inspiradora a artistas y poetas.

Pedro Pérez-Clotet, poeta de la Generación del 27, fue uno de ellos. Hijo de la tierra, tuvo su cuna a los pies de la sierra de Grazalema. Influenciado por la belleza de una naturaleza pura y pausada, refleja en su poesía toda la ternura que le inspira esas imágenes:


Todo el paisaje aquí,

en este ardiente acento
de árida plenitud
que palpan los sentidos.

Pienso que todos los que nos acercamos a Villaluenga, cargados de la vorágine y el estrés de las ciudades nuevas, nos sentimos sorprendidos por el pausado latir del entorno que con suave complicidad apacienta las prisas y despierta nuestros sentidos, tal como expresan los versos del poeta.